domingo, 24 de mayo de 2020

´Cuidarnos` y ´cuidar` en tiempos de confinamiento (V)

Contención y austeridad para unas esperanza y resistencia pos-pandémicas.

Cuando decíamos que las esperanza y resistencia a rehacer -en tanto respuestas de ´luces largas` a lo que será la vida por vivir tras la COVID-19- deberán configurarse como antagónicas a todas esas fuerzas que estando ahí no queríamos ver y que la crisis ha venido a retratar en toda su vacuidad, caíamos a su vez en una urgencia anterior. Precisamente la de desarrollar y ejercitar posibilidades existencialmente inteligentes y cordiales para dichos esperar y resistir. Esto porqué lo bueno deseado y lo bueno a defender siempre requerirán que actuemos, y si en ello somos inteligentes, mejor. De ahí que las posibilidades-condiciones antedichas tengan que ser profundamente críticas para con todo eso que, por su carácter opaco y deshumanizador, ha quedado bajo sospecha. No hablamos por tanto ni de las condiciones ni de los productos del ´mercado del bienestar`.

Vista la anterior sucesión de eslabones -Séneca decía: ´los deseos en nuestra vida forman eslabones y esos eslabones hacen una larga cadena llamada esperanza`-, ¿qué intentar? ¿Por dónde comenzar la cadena de un sano esperar y resistir? Unas preguntas que por básicas habrá que responder desde lo que, en la experiencia común frente a lo sobrevenido, constituya un ´dato` también básico… Y quien dice ´dato`, dice cualidad, predisposición, virtud. Vayamos tras ello. En el contexto de las dos últimas crisis planetarias (Lehman Brothers, 2008 - COVID-19, 2020), llaman la atención dos términos, dos ´actitudes y talantes` que estando ahí, parecen querer colarse por entre los entresijos de una vida que ya no será como la hasta ahora vivida. Hablamos de la ´contención` y la ´austeridad`, conceptos que de primeras parecen no gozar de buena fama, uno por remitir a encierro y represión, otro a rigor e incomodidad.
Sin embargo, así como paulatinamente hemos sabido reubicarnos frente a otros conceptos venidos para quedarse, en realidad frente a sus redescubiertas significación y valor, quizá podamos hacer lo mismo con estos ´por ahora` antipáticos huéspedes. Baste un ejemplo: el mundo de lo emocional, hasta no hace mucho una realidad ninguneada y escondida, al día de hoy ha pasado a constituir un elemento indiscutible en la construcción de lo personal y social. Y esto sin ignorar que muchas de las consideraciones y derivadas aplicaciones que se hacen respecto al mismo son profundamente discutibles, ¿pero hay acaso alguna elaboración humana, históricamente perfecta o exenta de instrumentalización?

¿Por qué no recuperar entonces lo positivo que también hace a la ´contención` y la ´austeridad`? ¿Por qué no despojarlas del contenido malsano con el que en algún momento se las dotó, de las intencionalidades de su mala prensa? Las palabras, como los contextos, siempre son permeables, para bien y para mal. Por eso deben ser orientados. La cuestión es hacia dónde: ¿hacia el campo de los medios, de las aptitudes y el talento, tal como es el caso de nuestro modelo vital? ¿O por el contrario, hacia el de los fines, las actitudes y el talante, el modelo que siempre se nos desdibuja? Preguntémonos ahora: ¿vivir y vivirnos a partir de la ´contención` y la ´austeridad`: del albergar, refugiar y cobijar, de la frugalidad y la moderación, en un caso y otro, no sería acaso un antídoto más que razonable y amable contra todo lo que nos fragmenta y no nos deja ser individual y colectivamente?
En el fondo, sabíamos y sabemos que la falta de sentido, de finalidad y de horizonte (precisamente la línea de flotación sobre la que ha impactado el Coronavirus) han tenido como contraprestación todo ese cúmulo de producciones y productos tras los que día a día, sin esperar y sin resistir, como posesos nos afanábamos… hasta hace dos meses atrás, eran los medios, aptitudes y talentos a los que nos inmolábamos, los habíamos convertido en fines. No obstante, cuando las alarmas se encendieron, fue necesario ´parar` y ´guardar`: ´¡CONTENCIÓN!`. Y lo más desafiante, hubo que volver a lo ´pequeño` y lo ´sencillo` de nuestras casas y afectos más reales, a lo repetitivo de lo cotidiano: ´¡AUSTERIDAD!`.
En un momento -estamos en él todavía- la vida y el vivirnos construidos sobre el embrujo de la autorrealización en lo exterior y expansivo, la curiosidad y la sobre-estimulación del consumo y el mundo virtual, la mitificación del rendimiento y el puro placer, etc., etc., elementos todos del canon que hasta ahora nos regía, han pasado a quedar en suspense, en entredicho. ¿Seremos capaces de crear -sobre esta experiencia inédita y necesidad de merecernos otro caminar- unas esperanza y resistencia más humanas? ´Contención` y ´austeridad` nos han sido demandadas a todos, algunos las habrán vivido como obligación, la mayoría como necesidad… con todo, quizá exista una forma mejor, precisamente la que las conecte con nuestra más plena vivencia de la libertad y la bondad. En ello estamos… ¡Ojalá no seamos muy pocos!
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domingo, 17 de mayo de 2020

´Cuidarnos` y ´cuidar` en tiempos de confinamiento (IV)

La resistencia y la esperanza a rehacer.

Frente a lo que será el pos COVID-19, las miradas maliciosas o sesgadas que una y otra vez giran alrededor del cálculo y la oportunidad ante lo que sospechamos se nos viene encima, hacen pensar (y desear) en sí seremos capaces de guiarnos por algún principio más saludable que los de la estupefacción o la sola gestión. Un principio cordialmente inteligente, emocionalmente ni tan aturdiente, ni tan instrumental; un valor que dada la situación de desertización sobrevenida sobre nuestro sistema de vida, sin duda será arduo rehacer, pero a cuanto más difícil más necesario, tanto como las ´luces largas` en toda conducción.

Al hablar de ese principio aludimos a la esperanza. No a la de la mera ilusión, tampoco a la de la pusilanimidad ante lo difícil, sino a la esperanza como acto por el cual somos inducidos a afrontar el mañana desde un continuo contraste con la propia experiencia, a la par que intentamos transitar por sendas dotadas de sentido, de calibrados ´desde dónde` y ´para qué`… Se trata por tanto de una esperanza llamada a la resistencia. ¡Pero ojo!, no cualquier resistencia. 

En medio de una crisis donde todas las certezas han quedado en entredicho, decir que se diseña el futuro a costa de enrarecer el clima presente es (por fuerza de las etimologías) tan estúpido como estupendo, es decir, un modo ´aturdido` de encaminarse al precipicio. Pero empecinarse exclusivamente en un diseño de ´luces cortas`, probablemente nos devuelva en un tiempo no muy lejano a la casilla de salida. La esperanza no crece bien en climas irrespirables, ya sea por aguijonear el desencanto, ya sea por enarbolar el pragmatismo. Por eso, porque la vida no es el Juego de la Oca, será clave no acercarnos demasiado ni a uno ni a otro polo… Una tarea fundamentalmente de todos y cada uno, no tanto de nuestros sistemas políticos intrínsecamente débiles.

Si bien lo antedicho sirve como contexto (y motivación) de nuestro presentar la esperanza también como resistencia, queda aún por señalar en qué sentido decimos lo que decimos y por dónde creemos que debería ir nuestra tarea a la hora de rehacerlas. Analizando y entendiendo la palabra ´espera-esperanza` en tanto apetito posible y arduo hacia un bien que por el momento no se posee, es fácil constatar que éste deseo no es un componente exclusivamente humano; en los animales, la espera, queda representada por el instinto. Sin embargo, en nuestro caso no es solo un constitutivo y una pasión constante (cosa que con el resto de las criaturas compartimos), por el contrario, somos los únicos capaces de dar al esperar un contenido que el resto de los vivientes no pueden.

Por tanto, es la racionalidad la que convierte a la ´espera-esperanza` en acto por el cual somos inducidos a actuar y a afrontar el futuro desde un continuo contraste con la propia experiencia. Acción, contraste y apertura que precisamente en ese momento la hacen también resistencia: permanencia firme y proactiva frente a todo lo que nos disgrega y daña, frente a todo lo que pudiera amenazar el diseño sano, aunque frágil, del mañana. De ahí que las resistencia y esperanza a rehacer deban serlo en tanto fuerzas antagónicas para con el disfrute sin tardanza, la incapacidad para el sufrimiento, la apatía generalizada o el primado de la producción sin razón, en el fondo, todas esas fuerzas de disgregación que estando ahí no queríamos ver y que la COVID-19 ha venido a retratar en toda su vacuidad, en todo su sin sentido.

Por eso, por el hecho de que espera y resistencia no se realizan ni desarrollan al margen de la experiencia humana, deberíamos tanto preguntar por aquellas situaciones que a lo largo de la historia han aparecido como intrínsecamente esperanzadoras, como cuestionar las que no. Por caso: ¿hasta dónde, que hoy todo sea igual y uniforme, y vivamos en un continuo ´me gusta` algorítmico, autorreferencial y autocomplaciente, sin presencia de ´otros` realmente otros, no constituye el primer inhabilitador para la espera y la resistencia al reducir a casi cero nuestras posibilidades reales de experimentar y nuestra fortaleza?
¿Por dónde intentarlo? Necesitamos urgentemente ejercitarnos en la contención y la austeridad. La material quizá sea la más evidente, pero no se quedan atrás ni la intelectual, ni la emocional…

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sábado, 9 de mayo de 2020

´Cuidarnos` y ´cuidar` en tiempos de confinamiento (III)


Narcisos en la desescalada.

En estos días de confinamiento y ahora desescalada, venimos intentando reflexionar desde lo que llamamos el ámbito de lo íntimo, desde la soledad y el silencio, pero no por contraposición a lo exterior o público, sino porque solo lo acrisolado en la sana interioridad tendrá sana proyección hacia fuera -o espiritual- después. Tampoco es que neguemos la incidencia de lo que por fuera, y contra nosotros mismos muchas veces, actúa configurándonos. Es cierto que nos hacemos en sociedad, pero también lo es, aunque claro que muchísimo más arduo de encarnar, que lo social se desarrolla, se asienta en lo personal; de donde la necesidad de, sosteniendo la tensión, empezar la casa por los cimientos.

Dos aspectos: interioridad y espiritualidad, interconectados. De hecho, no nos referimos al primero en términos de autoconciencia que se realiza indefinida y autorreferencialmente, como si se tratase de Narciso mirando su propio reflejo una y otra vez hasta ahogarse en el fondo del agua. Pero asimismo tampoco hablamos de espiritualidad en el sentido restrictivo (confesional o religioso) habitual, sino en el que originalmente tuvo en tanto capacidad y dinamismo anímico, plenamente humano, de apertura a lo distinto de uno mismo.

La auténtica interioridad necesariamente tiene que preguntarse por su relación con lo otro, sea este el vecino de enfrente, el compañero sentimental, el estilo de vida por el que se ha optado, o el mismísimo Dios, le llamemos como le llamemos. Interioridad y espiritualidad se reclaman, requieren conectarse entre sí. El ¿qué es lo que hay? y el ¿hacia dónde lo oriento? se verifican y validan en la mutua tensión y encuentro. En términos de ´sanidad integral` se necesitan, separarlas ha sido y sigue siendo deshumanizante. ¿Pero estamos libres de que las cosas sigan igual?

Por eso, al ensayar cierta reflexión acerca de lo que la actual situación pudiera dejarnos como aprendizaje, nos reafirmamos en lo anterior en tanto que mayoritariamente es el contexto, el marco de inadecuación personal -y social- en el que la COVID-19 nos ha pillado. Reconozcámoslo, es evidente que nuestro estilo de vida viene transitando desde hace tiempo por senderos que han preferido o caído en la trampa de la deshumanización antes aludida.


Por ello, ni miremos hacia otro lado, ni neguemos las preguntas adecuadas… la experiencia de ´muerte absoluta` que está siendo el estado de pandemia y su situarnos en la máxima incerteza, de donde los consabidos miedos, ha roto el espejo de autoreferencias y seguridades en el que como Narcisos nos contemplábamos. Ha venido a decirnos: -seguiréis en apuros mientras no resolváis vuestro desajuste entre ´medios` y ´fines`. Medios y fines que quizá sean la mejor reformulación de la tensión interioridad espiritualidad, la mejor prueba de que una interioridad en términos narcisistas es pura trampa, lo mismo que una espiritualidad en término de fuerzas cósmicas o sexualidad angélica.

Pero hay más. Suponiendo que aceptemos ser devueltos a lo inevitable y realísimo de lo otro/Otro, la sanidad y riqueza del encuentro con él dependerá de la disposición y voluntad a ir más allá del umbral del control y el mero uso, la gestión y la instrumentalización. En otros términos: ¿de qué nos servía tratar la alarma sanitaria y todas sus derivadas solo en la perspectiva del que apaga incendios, sin ver que habría que recuperar el sentido y valor del cuidado del bosque? Y esto del sentido y el valor, del ¿hacia dónde oriento lo que hay?, es en lo que personal y socialmente somos profundamente deficitarios. Aquí es donde, difícil y dolorosamente nos la jugamos, donde determinadas cuestiones y aspiraciones, precisamente aquellas sobre las que se ha armado el buque que ahora ha naufragado, el espejo que se ha astillado, requieren ser repensadas, resignificadas.


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lunes, 27 de abril de 2020

´Cuidarnos` y ´cuidar` en tiempos de confinamiento (II)


Límites y esperas en confinamiento.

Tras más de un mes de confinamiento, la realidad que compartimos quizá requiera de una revisión sosegada, diferente a la que hacíamos cuando estrenábamos el ´estado de alarma`, cuando hasta desde un cierto candor individual y colectivo todo era pro-positividad.

Es evidente que después de lógicos desgastes y cansancios, las cosas han comenzado a cobrar otra coloratura. Por un lado, la normalidad a la que algunos aspiran retornar se hace inviable, incluso sospechosa por no conveniente. Por otro, el futuro pareciera encaminado a revestir unos niveles de inseguridad que tendremos que aprender a conjugar con nuestras pretendidas libertades, etc., etc.

Con todo, también es cierto que hemos redescubierto un sin fin de estrategias desde donde seguir adelante. En definitiva, la experiencia de poder seguir engendrando vida sigue ahí. ¡Pero claro! este engendrar nunca ha sido ni será incondicionado; lo que ´estemos pariendo` o podamos concebir y luego dar a luz, siempre va a depender de los remanentes que hayamos cultivado, de aquellas condiciones de posibilidad con las que mínimamente contemos.

Por eso la desesperación de muchos y la autocomplacencia de otros de cara a los efectos del confinamiento: ¿cómo sobrellevarlo… qué concebir… qué cultivar…? (todos verbos emparentados con el ser y hacer ´cultura`) de cara a la salida de un túnel que ni será corto y más aún, que ya sabemos no desembocará en un campo bucólico de seguridades en flor.


La cuestión será aprender a bascular entre lo que ´mañana` tendrá que ser gestión de la vida y el vivir y entre lo que ´ya hoy` debe ser el sentido que decidamos y queramos dar a esa vida y vivir. Una vida y vivir que están siendo interrogados acerca de lo esencial, de lo que auténticamente nos constituye y valida. La salida de la presente situación será absolutamente incierta, pero no por eso carente de sentido. Es en esto donde nos la jugamos, como personas primero, como sociedad después. ¿Qué sentido daremos a nuestras vidas y vivir tras lo que nos ha tocado?

Y ese sentido, a construir en silencio y soledad primero, pero también en según qué planos a debatir y acordar con otros, supondrá aprender a bascular entre límites y esperas. Un bascular que necesariamente debe y deberá tener en cuenta nuestra experiencia frente a imperfecciones y contingencias, las propias y las ajenas, y solo desde ahí comenzar a pensar y pensarnos para el mañana. Éste es el único camino desde donde engendrar esperanzas realistas, ni vanas ni temerarias; el mejor sendero hacia las aperturas del futuro.

De lo contrario, poco habremos aprendido tras el confinamiento y su lenta desescalada…

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domingo, 19 de abril de 2020

´Cuidarnos` y ´cuidar` en tiempos de confinamiento (I)

Gestión y resistencia en confinamiento.

Toda situación extraordinaria, tal como la que ahora toca respecto a la pandemia del COVID-19, siempre requerirá de gestiones ´más allá de lo ordinario`. Gestiones que en parte podemos ver como necesarias e indiscutibles, por caso las vinculadas al ámbito de lo público, y gestiones más difusas y controvertidas -pero no por eso menos importantes- como las estrictamente privadas. Precisamente -estas últimas- son las llamadas a reconfigurar, ahora mismo, el núcleo de nuestra experiencia y autoconciencia frente a lo que sucede; pero no solo para el ´ahora`, sino también para el ´después`, para cuando toque retomar la vida tras el azote del coronavirus.

Es cierto que cualquier alarma tiende a afectarnos solo en un sentido: el de lo urgente, sin embargo ´saltar solo hacia adelante`, sin vinculación crítica al contexto en el que nos hemos estado moviendo, no sería más que una huida estúpida. De ahí la importancia de revisar la crisis de aquellas categorías que hasta hace poco nos han constituido o realizado individual y colectivamente, revisión que podríamos vertebrar tras la siguiente cuestión: ¿cómo seguir configurándonos como personas y sociedad capaces de sentido, sin rehuir de nuestras intrínsecas debilidades humanas? Con esto queremos decir que las urgencias que pueda suponernos el estado de pandemia, no deberían dejar de enmarcarse en el modelo socio cultural en el que, desgastadamente, vivimos hace tiempo.

Sabemos que la anterior cuestión es difícil de asumir en sus previsibles respuestas, pero también que se trata de una cuestión inexcusable, en particular cuando el coronavirus instalado entre nosotros apunta inusitadamente a nuestras más evidentes vulnerabilidades personales y sociales. Vivimos en sociedades de riesgo, a veces riesgo disfrazado, a veces riesgo auto-persuadidamente obviado, eso, además de que lo natural de la enfermedad y la muerte pueden sobrevenir en un formato des-habitual, de donde el colapso y el desgarro que nos toca y vemos alrededor. ¿Por qué hemos preferido ignorar todo esto?

Y por seguir con las preguntas: ¿saldremos de esta encrucijada solo reafirmándonos en nuestros desarrollos instrumentales, los mismos que nos han hecho tan infantilmente débiles? ¿O servirá la misma  para recuperar la necesidad y capacidad de dar otros sentidos a la vida y la muerte, la libertad y el amor, el poder y lo que no cuenta?

Preguntas que evidentemente nos relanzan sobre un desafío vital-filosófico: pensarnos una vez más como sujetos. Sujetos capaces de experiencia y reflexión, pero también de pequeñas resistencias culturales, en medio de los mecanismos de la ´cultura estructural` que nos condiciona.

En efecto, la responsabilidad respecto a lo bueno por vivir y realizar es lo que alimenta nuestros compromisos, ya sean los acordados o los obligados, los queridos o los consentidos. Un elegir y un hacer ineludibles, tanto, que toda nuestra existencia estará atravesada por los entresijos de sus respectivas dinámicas, en particular cuando lo que toca vivir ha dejado de ser ´lo ordinario`.

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martes, 6 de marzo de 2018

´Cuidado de sí`: Desde la sospecha a nuestros días (V)


Hace tiempo ya, intentamos establecer una especie de itinerario respecto al periplo que desde finales del siglo XIX hasta hoy habrían seguido especialmente en Occidente los procesos de individuación (obviamente que dentro del marco de los de sociabilización). Conscientes del peligro de las simplificaciones, fuimos viendo, a partir del papel que jugaron -y juegan- las llamadas teorías de la sospecha, que la progresiva conversión del ´mundo verdadero` en ´mundo fabricado` iniciada con la Modernidad, devino en el fin de aquella confiada alianza entre palabra y objeto sobre la que había descansado nuestra cultura desde tiempo de los presocráticos.

Así las cosas, hemos terminado por desembocar en una etapa culturalmente diferente (aunque no enteramente nueva), en el tiempo del ´después de las palabras` en el que la noción y la realidad de la verdad y el significado de las cosas dependen de su uso. Como posmodernos, hemos abandonado toda pretensión de un cierto punto de vista neutro frente a lo real -ni siquiera se nos ocurre-, optando en consecuencia por solo explicaciones contextualistas y pragmáticas. De la acomodación del mundo a nosotros, hemos pasado a acomodarnos nosotros al mundo; nuestros diálogos ya no dependen del lógos firme y racional de antaño, sino de unos lenguaje cada vez más líquidos y puramente emocionales.

De hecho, ante un lenguaje que ni es garante ni árbitro de nada, vivimos en la paradoja de defender a ultranza toda diversidad, pero habiendo liquidado antes la capacidad de ver lo inevitable y positivo de la diferencia. Consecuencias: en nuestras construcciones sociales e identitarias, efectuadas ellas sobre una idea negativa de diferencia, la relación con el otro/Otro ha terminado por desertizarse o fragmentarse; a los demás los evitamos, o en el mejor de los caso, los mantenemos en un campo reducido de otros: los del mismo colectivo. De este modo, las grandes construcciones políticas y sociales de la vieja Modernidad han perdido su poder de encantamiento, encastillándose.

Pero lo peor es que, circularmente (retroalimentando el proceso) los sujetos de hoy nos definimos, construimos y vivimos aisladamente. La autonomía en principio buena, ha devenido en el sucedáneo de la exclusiva autorrealización. Lo mejor de nuestra condición humana, la libertad, ha quedado reducida a mera capacidad electiva y circularidad psicologista, es decir, a búsqueda subjetivista de nosotros mismos. Dos niveles de la libertad, buenos y necesarios, pero insuficientes, pues solo en la salida de nosotros mismos, en el encuentro con el otro/Otro es donde la libertad realmente se afirma al vivir toda su potencialidad a la vez que fragilidad.

La verdadera autoposeción, la libertad personal en tanto mejor termómetro de nuestra calidad humana, debe saber surcar por las aguas de la autodonación y la entrega.

De lo contrario, caeremos (estamos cayendo ya) en la esclavitud de una libertad no liberada de nosotros mismos... La autonomía y autenticidad individual y social no se construye solo a fuerza de proclamar lo plural y diverso, sino principalmente a fuerza de asumir operativamente, de encarnar la complejidad de lo diferente, de lo otro y los otros/Otro.

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martes, 22 de agosto de 2017

´Cuidado de sí`: Desde la sospecha a nuestros días (IV)

Decíamos hace tiempo, que volver sobre la pregunta acerca de ¿qué antropología o idea de hombre-mujer supondría un adecuado ´cuidado de sí`? exige dos cosas. Primero: que contra el peso de los grandes sistemas de interpretación y construcción del sujeto, tanto los idealistas como los materialistas, tendremos que apostar por una comprensión de pequeño formato. Segundo: que ya dentro de dicha comprensión, habremos de prestar atención a la tensión existente entre lo individual y lo colectivo, entre la propia identidad y el encuentro con el otro.

Sobre las razones de lo primero, o lo que no es más que  evitar el ´sueño antropológico` [Daniel Innerarity, Modernidad y Posmodernidad, 2014] de determinar la esencia de lo humano, no cabe abundar en argumentos; basta con recordar la advertencia nietzscheana de oponer a todas estas formas de reflexión, una risa filosófica... Sobre lo segundo en cambio, sí convendría detenerse. ¿Por qué? Pues porque quizá el mayor problema de nuestros actuales procesos de construcción del sujeto sea haber pasado del desarrollo de la consciencia personal y social al de solo una consciencia clausurada sobre sí misma, con todo lo que ello implica.

En efecto, como diría Gilles Lipovetsky [La era del vacío, 1986], el narcisismo posmoderno no es la bancarrota del sistema capitalista tardío, sino su triunfo, el producto de sus variables sistémicas: la industria cultural, la psicopatologización social, la sociedad de la información, la caída de las grandes ideologías y sus falaces reconversiones, etc. Variables que han venido a determinar que las en principio buenas autonomía y autorrealización se hayan pervertido e inclinado hacia el lado de una mera autoconsciencia sin sentido de alteridad.

¿Qué quiere decir esto? Fundamentalmente que hoy en día, los procesos de subjetivación o personalización son más que nunca unidireccionales, apuntando principalmente a la relación con el propio Yo, no con el otro/Otro. Con lo cual cabe preguntarse por aquello que ha erosionado y sigue erosionando los diferentes modos de la alteridad, es decir, las formas del respeto y el encuentro con el otro/Otro en tanto contenidos de verdad irrenunciables de lo que debe ser una saludable subjetivación. Al respecto, Lipovetsky señala hacia dos cuestiones:

a) por un lado, al impulso igualitario propio de nuestras sociedades democráticas. Una tendencia que como sabemos consiste en reducir todo lo que fisura la alteridad social o la diferencia entre los seres, por la institución de lo correcto, de una similitud que por ser independiente de los datos visibles es poco realista. Con lo cual, la alteridad como tratamiento de lo que en sí es la diferencia, es forzada a sostenerse sobre un principio que precisamente es su contrario.

b) por otro, sustituida la alteridad por la similitud, los propios procesos de personalización devienen en desubstancialización del Yo, en dinámicas existenciales y espirituales que por cojas, dejan que el desarrollo personal sea secuestrado por las propuestas psi del bienestar. De este modo, la sensibilidad política y social de otros momentos da paso a una nueva sensibilidad, la de la self-examination constante. Identificados de una vez por todas con el homo psicologicus, solo queda trabajar por la liberación del Yo.

Resultados: construida la identidad sobre una idea negativa de diferencia, la relación con el otro/Otro termina por desertizarse o fragmentarse, los evitamos, o en el mejor de los casos, mantenemos un campo reducido de otros: los iguales del mismo colectivo. De este modo, las grandes construcciones políticas y sociales de la otrora Modernidad pierden su poder de encantamiento, encastillándose. Pero lo peor, circularmente y retroalimentando el proceso, los sujetos se definen, construyen y viven aisladamente. La autonomía en principio buena, se ha echado a perder por efecto de la ausencia de aquella franqueza ética y estética, social e individual que los antiguos supieron poner en práctica.


Recuperar esta sabiduría será clave si realmente queremos vivir el ´cuidado de sí` más allá de las
seducciones reductivas del bienestar, pues solo en la vivencia de la tensión y paradoja del ´cuidarnos y cuidar` es viable ejercer lo mejor de nuestra condición humana: la libertad.


Libertad como autoposesión, pero también como capacidad de entrega a un otro/Otro si no queremos caer en la esclavitud de una libertad no liberada de nosotros mismos...

Sobre este trasfondo, en breve, nuestras conclusiones.
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