martes, 15 de septiembre de 2020

COVID-19, cebollas de Egipto y sabiduría de la inseguridad (I)

Todo se ha tornado más incierto e inseguro, tenemos miedo. La situación apunta a que nuestros niveles de ansiedad, y hasta neurosis, aumenten. De ahí el bucle generalizado de desgastantes reclamos que, si bien supone niveles diferenciados de responsabilidad, viene a decirnos que estamos en medio de un atolladero existencial más que ante una simple cuestión de gestión. Por eso, nuestra apelación a la imagen de los israelitas bíblicos huyendo de los egipcios, ya que es un hecho que podemos asimilar nuestro presente al de aquella prototípica travesía por el desierto. Pero, desde aquella experiencia, y la actual, nuestra insistencia. Necesitamos reconectar con la inseguridad, el límite y la frustración que tanto nos incomodan, intentando a la vez una gestión más sana de los miedos que todo ello produce. En este sentido hablamos de ejercicios de verdad y transformación -individuales y colectivos- con los que resguardarnos en la intemperie. ¡Pero ojo! evitando la mitificación o creencia de que todo eso ´malo a lo que tememos` en algún momento no existió o a futuro desaparecerá. En el fondo, evitando la idealización de unas seguras, saciantes y sabrosas cebollas egipcias [Nm 11, 4-5].

Convenzámonos, ni hubo, ni habrá tales cebollas. De donde que nos preguntemos: ¿seremos capaces de caminar en la sabiduría de la inseguridad, la apertura de la no expansión y la solidez de la flexibilidad? Tres desafíos paradójicos, totalmente contrarios a la urdimbre sobre la que se han edificado nuestros cacareados sistemas y estilos de vida; tres soberbios puzles donde el arte de la contención y la austeridad aún tienen mucho que decir y enseñar, pues en contra de la idea de fracaso o desilusión que de ellas tenemos, contención y austeridad pueden ser expresión de que aún podemos caminar en el desierto diseñando sendas de posible sentido, de que la preguntas acerca de nuestras inseguridades han hallado otras respuestas. Solo entonces nuestras legítimas aspiraciones dejarán de confundirse con nuestras desnortadas expectativas. Necesitamos aprender a desterrar nuestras mitificaciones, precisamente las que enmascaran -como las cebollas de Egipto- nuestros miedos, pues estos siempre estarán ahí. Podremos pasar entonces, del nivel de las creencias, esas que suelen fabricar monstruos, al nivel de un nuevo ver; un ver -como dijera el zorro al Principito- capaz de lo esencial. Pero ¿cuál es el camino que en todo esto toca desandar? O ¿cuál la nueva forma de andar en el desierto?

Nunca, a lo largo de la historia, la seguridad ha sido más que provisoria y aparente, de ahí la secular necesidad y elaboración de creencias inmutables por encima de incertezas y calamidades. Vinculada a esta elaboración, pocas veces inocente, el estatus y rol de las religiones; pero tras siglos de dominio, la autoridad de aquellas fue reemplazada por la de la ciencia, quien, desde generalmente la duda sincera, ha intentado comprender y enfrentarse a la vida tal como ésta es. Desde entonces, el escepticismo -ateo o agnóstico- ha ido ganando terreno. Sin embargo, a pesar de todo lo que la ciencia ha hecho por este mundo, su representación del universo parece haber dejado a la humanidad sin ese otro mundo capaz de alimentar la esperanza en un futuro definitivo. Así las cosas, la razón va quedando satisfecha, pero el corazón permanece hambriento al no resolverse la cuestión del sentido que los hechos por sí mismos no poseen. En otras palabras, las lecturas y predicciones verificables de las ciencias -quienes no entran a analizar el llamado mundo espiritual, ni la eventualidad del tras la vida presente- nada satisfactorio dicen respecto a todas esas capacidades que a los humanos constantemente nos abren y lanzan al futuro: desear y razonar, amar y crear, etc.

No sería oportuno ahora abundar en la larga y estéril controversia entre religiones y ciencia, pero sí señalar la encrucijada a la que estas nos han conducido desde sus respectivos desarrollos. Religiones y ciencia, al momento de enfrentarse a lo que el común de los mortales: el miedo a todo lo que atenta contra la vida y, como contrapartida, el límite y la frustración, han buscado siempre dotarnos de anclajes para la supervivencia: mitos, creencias, revelaciones, pruebas, datos… da igual su naturaleza, inmanente o trascendente. Así las cosas, al día de hoy, para la ciencia, Dios o cualquier absoluto trascendental, serían insignificantes; que existan, ni explica nada, ni permite anticipación empírica alguna. En contrapartida, las religiones (al menos en su institucionalidad), al tener que soportar el agobio interpelante de no poder probar ninguno de sus absolutos al margen de los hechos, han tenido que sucumbir a la apología de las ventajas sociales y personales de creer en las creencias… ´Sí Dios no existe, habría que inventarlo`.

Desde este tire y afloje se ha configurado la Modernidad, pero también la Posmodernidad. Consecuencia: que cuando creer en absolutos parece imposible, el sustituto de creer en la creencia deviene vano y los datos ciertos solo producen tranquilidad temporal, resulta que nuestro tiempo se ha constituido en una época hipervulnerabilizada, por lo tanto, ansiosa y neurotizada al máximo. Es decir, no es que hayamos aumentado objetivamente nuestros niveles de vulnerabilidad, de hecho, tenemos más recursos que en otros momentos de la historia para un mejor vivir, sino que lo que ha aumentado es la percepción de nuestra intrínseca fragilidad. Una percepción que, al radicalizar nuestra inadaptación (esto es propiamente la neurosis) a lo que la vida manifiesta, pero también a lo que ésta oculta, termina produciendo dos dinámicas personales y sociales claramente identificables. Por un lado, la de la agitación nerviosa y codiciosa, incapaz de sosiego y satisfacción, sea que vayamos detrás de lo material, el placer o el crecimiento personal; la postura del consumo que tan bien aceitada tiene el mercado. Por otro, la de enfrentarse a la vida: un cuento sin pies ni cabeza, tratando de obtener de ella lo que se pueda mientras se va de una nada hacia otra; la postura, entre cínica y desesperada, del hacer porque no hay más remedio.

Dos dinámicas que, aunque fracasadas o -por ser suaves- necesitadas de urgente revisión, tal como la COVID-19 ha demostrado, se relacionan a un único empeño: el de dotar de valor y sentido a nuestras inseguras existencias. Un esfuerzo absolutamente contrario a aquella ´ley del esfuerzo invertido` de la que hablara Alan Watts en su célebre Sabiduría de la Inseguridad [1951]. Según dicho principio, cuando intentamos permanecer en la superficie del agua, nos hundimos; cuando tratamos de sumergirnos, flotamos. Realidad e imagen elocuente de que es imposible comprender la vida, lo que ella manifiesta y lo que en ella late, cuando solo tratamos de aferrarla y controlarla, sea que para eso elijamos cualquier tipo de creencia; o nos abstengamos de la creencia religiosa, o aceptemos el escepticismo de la crítica científica o como la gran mayoría, optemos por creer en la creencia, sea Dios o toda esa larga serie de diosecillos a los que tanto tributamos. ¿Pero hay entonces algún camino alternativo más allá del mito y la desesperación? Hay uno sí, como dijera el zorrito, el de lo invisible a los ojos. Un camino para el cual debemos recuperar el sentido de un término actualmente desusado y el valor de una actitud fundamental, también a la baja. Hablamos de la fe y la confianza respectivamente. Dos cuestiones, o mejor, caras de una misma medalla, que erróneamente se han confundido hasta lo indecible con creencias y creer.

Como para abrir boca, pongamos sobre la mesa algunos errores. Ha sido habitual que religiones y ciencia confundieran el símbolo, la expresión de aquello sobre lo que hablan, con la realidad hablada, lo cual ha llevado en un campo y en otro a una especie de ver incorrecto, a una especie de visión necesitada de la corrección que pueden proporcionar unas gafas. En este sentido, otro error: toda creencia y creer, religiosa y científicamente hablando, se ha configurado como insistencia en aquella verdad que se quiere o desea, algo así como fabricar de antemano un recipiente destinado a un contenido absolutamente escurridizo o empaquetar un lito de agua. Comenzamos a vislumbrar por dónde responder a nuestros interrogantes. Tanto la fe como la confianza suponen zambullirse en lo desconocido, un dejar ir en lugar de aferrar como hacen creencia y creer… Necesitamos gestionar nuestra legítima aspiración de seguridad, nuestros miedos, desde un giro racional y conductual auténticamente revolucionario. ¿Será este el tiempo de hacerlo? En breve, más…  

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sábado, 5 de septiembre de 2020

´Nueva normalidad` y ´cebollas de Egipto` (III)

Sin duda: ´la vuelta al trabajo` y ´la vuelta al cole`, son dos de los titulares que hoy ocupan nuestro ánimo y pensamiento. Y aunque siempre ambas vueltas han sido constituyentes de incertidumbre y ansiedad, con la actual situación de pandemia se han convertido en el nudo gordiano de las tensiones entre los ámbitos privado, semipúblico y público, a la sazón, recriminándose unos a otros. Una dinámica de desgastantes reclamos que, si bien supone niveles diferenciados de responsabilidad, viene a decirnos que estamos en medio de un atolladero existencial más que ante una cuestión de gestión. En efecto, y retomando la imagen de los israelitas bíblicos huyendo a través del desierto, que estamos queriendo volver a la falaz seguridad de la esclavitud en lugar de aventurarnos tras los inciertos pasos de la libertad.

Ante dicha tentación, hoy encubierta y legitimada detrás de la contradictoria idea de ´la nueva normalidad`, hace poco decíamos que necesitamos reconectar con el riesgo, el límite y la frustración que tanto nos asquean. Después, asumirlos desde un sano ejercicio de racionalidad y voluntad y finalmente, gestionarlos a partir de un proyecto existencial con sentido, no del oportunismo de lo que ´ahora convenga`, sea en los ámbitos de lo privado, semipúblico o público. Urgen ejercicios grandes de confianza, libertad y bondad. En el desierto, todos deberíamos aprender a desterrar nuestras mitificaciones, precisamente las que enmascaran -como las cebollas egipcias- nuestros miedos. Solo entonces nuestras legítimas aspiraciones dejarán de confundirse con nuestras desnortadas expectativas.

De ahí la necesidad de plantear la vida y el vivir que tenemos por delante, no desde la mera administración de aptitudes y talentos, sino según el criterio teleológico de unas actitudes y talantes capaces de engendrar esperanza a la vez que resistencia. Para entendernos: ¿de qué nos sirven unos determinados recursos, si no sabemos hacía dónde orientarlos? Más que nunca estamos llamados a descubrir y poner en valor la positividad de la contención y la austeridad como prácticas de contraposición y regulación inteligente y cordial para con uno mismo, la vida y los otros. En el fondo como prácticas, no las únicas, capaces de restituirnos al sentido de las cosas, a una conducción de ´luces largas` que, por supuesto tendrá que traducirse en cambios políticos y económicos, sociales y culturales, pero sobre todo en esos otros cambios que tanto cuestan: los personales.

De esta forma, así como el albergar y cobijar propios de la contención tendrían que ser ejercicio asertivo de cuidado para con uno y los otros, en particular en medio de toda conflictividad, del mismo modo la frugalidad y la moderación, el realce de lo pequeño y lo sencillo propios de la austeridad deberían entrar a formar parte de nuestra cotidianidad. Ejercicios -individuales y colectivos- con los que transitar por el desierto, reclamando por supuesto pequeñas tiendas donde resguardarnos de la intemperie, pero evitando, frente al miedo al riesgo, el límite y la frustración, la mitificación de que todo ello deberá desaparecer. En el fondo, evitando la idealización de unas seguras, saciantes y sabrosas cebollas.

Convenzámonos, ni hubo, ni habrá tales cebollas. En la dimensión de nuestra existencia, ni procedemos ni vamos hacia ningún paraíso [Esquirol. La penúltima bondad. 2018]. ¿Seremos, por tanto, capaces de caminar en la apertura de la no expansión, la sabiduría de la inseguridad y la solidez de la flexibilidad? ¿De dar a nuestra necesidad de confianza y seguridad, libertad y bondad, una nueva matriz de desarrollo? Unos desafíos donde el arte de la contención y la austeridad aún tienen mucho que decir y enseñar, pues no es cierto que sean signos de fracaso o desilusión tal como nos han hecho creer el mercado y sus brazos político-culturales. Por el contrario, pueden ser expresión de que la pregunta acerca de nuestra vida y vivir ha encontrado respuestas mejores, de que aún podemos caminar en el desierto diseñando sendas con sentido.

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domingo, 23 de agosto de 2020

´Nueva normalidad` y ´cebollas de Egipto` (II)

Hace apenas una semana, en esta ya larga pero también necesaria reflexión COVID-19, decíamos que frente al vapuleo sanitario, económico y anímico relacional al que nos está y seguirá sometiendo la actual pandemia, poco se han movido las tornas respecto a buscar soluciones de luces largas, es decir, capaces de afrontar el presente y el futuro más allá de la simple gestión u oportunidad. De ahí nuestra alusión, alarmada, a las ´cebollas de Egipto`, al alimento seguro que como esclavos tenían los israelitas bíblicos en el país de los faraones, pero que tras su liberación perdieron, volviendo entonces a añorar y reclamar en la línea de lo que reza el dicho: ´mejor malo conocido, que bueno por conocer`.    

Un comportamiento viejo y casi de manual. Tentación social y personal inevitable cuando el riesgo, el límite y la frustración, por un lado u otro irrumpen en la vida. Imaginaos el efecto, si dichas experiencias apareciesen simultánea e inusitadamente. Pues ¡´colapso`! Precisamente la situación en la que estamos y que difícilmente mejorará si persistimos en retroalimentar, aunque maquilladamente, los mitos que de una u otra manera han apuntalado gran parte del desarrollo de los últimos siglos en nuestro planeta. Nos referimos a la inmunidad sanitaria, el crecimiento económico ilimitado y la realización individual a toda costa, hilos de una urdimbre que pretendiendo vivir, entre otras cosas, de espaldas a la inevitabilidad del riesgo, el límite y la frustración nos han casi inhabilitado para vivir una vida más auténticamente humana.

Estamos ante una encrucijada colectiva e individual, donde la construcción y el ejercicio de aquellas responsabilidades que se suponen podrían sacarnos del atolladero, no pueden dirigirse unilateralmente hacia un extremo u otro. O hacia el de unos estructuralmente débiles sistemas de gobernanza, o hacia el de unas distraídas o negligentes conductas individuales. Por dotarnos de una regla que permita cierto análisis, desde una lectura filosófica de tipo existencial-espiritual como la nuestra, podríamos decir que cada vez que caemos en la anterior dinámica lo que estamos haciendo es volver sobre los pasos de la seguridad de la esclavitud en lugar de aventurarnos tras los pasos riesgosos de la libertad.

Pública y privadamente, en sus diferentes grados y complejidades, necesitamos ante todo reconectar con el riesgo, el límite y la frustración, luego asumirlos desde un sano ejercicio de racionalidad y voluntad, y finalmente, gestionarlos desde las claves de un proyecto existencial con sentido, no del oportunismo coyuntural de lo que ´ahora convenga` al Estado, el partido o la oposición, pero tampoco a la entidad, el grupo o la pequeña familia. Necesitamos ejercicios grandes, sociales e individuales, de libertad y bondad. En el desierto, todos necesitamos desterrar nuestras mitificaciones, precisamente las que enmascaran nuestros miedos al riesgo, el límite y la frustración.

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domingo, 16 de agosto de 2020

´Nueva normalidad` y ´cebollas de Egipto` (I)

El estado generalizado de pandemia decretado en marzo, como si una y otra vez necesitásemos señalar en el calendario los inicios de aquellos fracasos colectivos de difícil causalidad, ha venido a evidenciar la interdependencia de gran parte de esos aspectos naturales y culturales que, por configurar sin más nuestro día a día, podemos llegar a creer inamovibles. Nos referimos, entre otros, a la salud y la lucha por la supervivencia, el trabajo y la trabazón económico-financiera que lo circunda y a las relaciones humanas y el juego auténtico y figurado de las mismas. Que estos aspectos están interconectados no es ninguna novedad; a la crisis sanitaria seguirá -o sigue ya- la económico-social y con ésta, sabemos que la puerta a la crisis intra e interpersonal está más que abierta. Sin embargo, sí parece que fuera nuevo que dichas dependencia y conectividad no tienen por qué ser inmutables, como si de principios sagrados se tratase.

De hecho, tras la ilusión que del azote más duro de la COVID-19 emergeríamos diferentes y mejores, tenemos que superada la angustia de las curvas de la muerte hemos vuelto a las dinámicas del precipicio y de las luces cortas respecto al ahora y después pandémico. Resultado: en la nueva normalidad se da la paradoja de querer revivir los viejos paradigmas de la inmunidad sanitaria, el crecimiento económico ilimitado y la realización individual a toda costa. Es decir, la paradoja de no querer asumir la novedad de la que indirectamente habla el Coronavirus: que la dependencia y la conectividad con que hemos diseñado nuestra vida ni son una bendición ni una maldición, pero sí un modelo que necesita y merece ser revisado en su raíz y sentido. Tarea para lo cual urge adquirir visión de conjunto a la hora de los diagnósticos, desarrollar una prospectiva de luces largas, y lo más importante, dotar a todo ello de un atractivo, suficiente y renovado sentido existencial, aún a riesgo de los costes que pueda suponer -y siempre supondrá- entrar en el desierto que quizá pueda desembocar en la tierra prometida. Aunque ya sabemos, por proseguir con la imagen bíblica del éxodo israelí (Ex 3, 8), que sí ésta manó leche y miel fue a cambio de sangre y sudor.

En otros términos, necesitamos dotarnos de un nuevo paradigma existencial, de un vertebrador de sentido capaz de apuntalar los aspectos que la COVID-19 está vapuleando con más virulencia: la salud, la economía, las relaciones, pero no desde las soluciones instrumentales del talento y las aptitudes, sino desde las que van a la raíz de la vida individual y colectiva, desde el talante y las actitudes. Cierto que los pragmatistas de turno dirán a los filósofos de siempre que esto es estupidez angelical, de hecho, ya no se recurre ni presta atención a la voz de los sabios como cuando al principio de la pandemia estos parecían recuperar cierta autoridad frente a los tecnócratas. Pero así andamos… Las tornas apenas se han movido y la nueva normalidad parece no poder escapar del alimento eterno -como las cebollas de Egipto (Nm 11, 4-5)- de las mitificaciones que en parte nos han traído a este callejón. 

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domingo, 28 de junio de 2020

Esperanza y resistencia en tiempos de pandemias (III)

Contención y austeridad, una cuestión de libertad y bondad.

Planetariamente es un hecho que el Coronavirus no solo ha demostrado capacidad de arrebatar salud y vidas, sino también de reactivar y retorcer toda la carga viral de la que somos capaces los humanos. Por eso advertíamos que son tan inquietantes las pandemias del caos y del mero pragmatismo a los que polarizadamente tendemos frente a lo que será el pos COVID-19, como la estrictamente sanitaria instalada entre nosotros desde sus orígenes en Wuhan. De ahí la llamada a una transformación con sentido -de ´luces largas` decíamos- que, por supuesto tendrá que traducirse en cambios políticos y económicos, sociales y culturales, pero sobre todo en esos otros cambios que tanto cuestan: los personales. Esos que por ser diarios y de pequeña escala suelen parecernos irrelevantes, aunque en realidad por sus exigencias de desinstalación y renuncia sabemos que son los que más profundamente pueden transformarnos.

Reconozcámoslo, hagamos un ejercicio de autocrítica: social y personalmente hemos renunciado a dar sentido a la infinitud de posibilidades con que contamos, por eso, como reza el himno: ´estamos hartos de todo, pero llenos de nada`. De donde la necesidad de plantear la vida y el vivir que tenemos por delante, no desde la mera administración de aptitudes y talentos, en el fondo la trampa en la que hemos caído, sino según el criterio teleológico de unas actitudes y talantes capaces de engendrar esperanza a la vez que resistencia. Por eso, vinculando lo sobrevenido a partir del Coronavirus con lo que son las líneas maestras de nuestro hacernos sujetos individuales y colectivos de derechos y deberes, estamos llamados a descubrir y poner en valor la positividad de la ´contención` y la ´austeridad` como prácticas de contraposición y regulación inteligente y cordial para con uno mismo, la vida y lo diferente de uno: los otros/el Otro. En el fondo como prácticas, no las únicas, capaces de restituirnos al sentido de las cosas, a una conducción de ´luces largas`.

De esta forma, así como el albergar y cobijar propios de la contención tendrían que ser ejercicio de cuidado y de asertividad intra e interpersonal, del mismo modo la frugalidad y la moderación, el realce de lo pequeño y lo sencillo propios de la austeridad deberían entrar a formar parte de nuestra cotidianidad. Ejercicios, personal y cotidiano, con los que ´volver a casa`. Volver… que, como resguardo protector, será re expresión de nuestra necesidad de confianza y seguridad, pero también invitación a poner en funcionamiento nuestras capacidades de libertad y bondad.

En efecto, al cotejar que detrás de ese ´volver a casa`, resuenan unas preguntas y no otras: ¿qué vivir deseamos y creemos merecer?; ¿por qué vivir estamos dispuestos a hacer algo?, no será difícil comprobar que lo que está en juego aquí es la calidad de esos dinamismos que transversal y madurativamente nos acompañan desde nuestra llegada a la vida: la confianza, la libertad y la bondad. Ni tampoco constatar que la calidad de los mismos recibe sus mejores lecciones de lo que pudieran decirle unas concretas experiencias de contención y austeridad. Necesitamos regirnos por principios inteligentes y cordiales que nos ayuden a limitarnos. ¡Y convenzámonos! Ello no será signo ni de fracaso ni de frustración tal como envenenadamente nos han hecho creer el mercado y sus brazos político-culturales. Por el contrario, será signo de que la pregunta acerca de nuestra vida y vivir ha encontrado respuestas mejores, de que queremos seguir caminando hacia casa a través de sendas con sentido.


Por eso también la necesidad de aclarar algunos malos entendidos. Como tardo-modernos que somos, estamos influenciados por unas ideas de libertad y de bondad un tanto pendulares, capaces de ir sucesivamente de lo electivo a lo entitativo, o de la autorreferencialidad a la negación de sí, sin más, respectivamente. Con lo cual, una y otra terminan quedándose desenfocadas respecto tanto a sus potencialidades como a sus limitaciones. Así, el ´siempre más`, implícito tanto en el dinamismo de la libertad como en el de la bondad (y en sus consecuentes despliegues éticos y relacional-afectivos) no parte de una capacidad ontológica infinita, por el contrario, su fundamento es la propia finitud humana. De ahí el absurdo de pretender una libertad y una bondad sin apertura a las experiencias del límite y el fracaso.

En este sentido, la libertad y la bondad habilitadas para escuchar las lecciones de la contención y la austeridad, deberían ser ya dinamismos capaces tanto de autonomía como de máximo amor. Dos posibilidades que en los tiempos que corren no abundan, de donde la necesidad de desarrollarlas ya que son la única urdimbre desde la cual rearmarnos intra e interpersonalmente. Estamos evidentemente ante una comprensión de la libertad y la bondad extrañas, no por imposibles, sino por poco cultivadas. Sin embargo, son tan capacidad nuestra como el respirar.

Se trata de una libertad liberada del propio yo; paradójicamente, la libertad, para que sea real, necesita auto-posesión. Pero, en la misma medida en que nos auto-poseemos caemos bajo la esclavitud del yo, por eso necesitamos de la bondad, porque solo la bondad nos descentra, solo ella hace que nuestra libertad pierda el miedo a perder el yo y entonces sea capaz de obedecer hasta límites insospechados. ¡Pero cuidado! Es importante clarificarnos, ver dónde andamos. Si pretendemos tener obediencia y no hemos pasado por elecciones, no nos hagamos ilusiones: esa obediencia será sumisión. Si no tenemos capacidad de autonomía no tenemos, tampoco, capacidad de entregar el propio yo. Nadie entrega lo que no tiene. Si no tengo autonomía, no puedo entregar mi yo. Y, si no puedo entregar mi yo ¿cómo quedará mi libertad? ¿Accederá al grado máximo de la bondad?

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domingo, 14 de junio de 2020

Esperanza y resistencia en tiempos de pandemias (II)

Austeridad y vuelta a casa.

Hace unos quince días, si bien reconocíamos que no quedan voces capaces de negar el impacto que ha sido y seguirá siendo la COVID-19, también veíamos que respecto a la necesidad de gestar un caminar capaz de engendrar esperanza y resistencia frente al ´ahora` y al ´después` de este tiempo pandémico, las perspectivas no son prometedoras. En efecto, las evidencias de que el griterío polarizante de nuestros representantes (los de aquí y los de allá) parece incapaz de modularse, pero que las ansias de gran parte de la sociedad por volver a las costumbres canónicas de una vida profundamente mercantilizada tampoco menguan, alimentan zozobra y preocupación. Tanto, que a la semana volvíamos a preguntarnos por el origen de estas pandemias que una tras otras vienen sucediéndose como en un desastroso domino; como si el Coronavirus no solo pudiera arrebatar salud y vidas, sino también reactivar y retorcer la mismísima carga viral de la que somos capaces los humanos.

"Hemos prescindido de dar sentido

a nuestras posibilidades...

Vivimos hartos de todo, llenos de nada".

Puntualizamos: de la que somos capaces los humanos, no la condición humana, porque, aunque ahora parezca incierta la salida del atolladero en el que estamos, lo que vemos y produce indignación y hasta vergüenza ajena no es toda la humanidad. Hay otra parte, seguro que más sensata, aunque demasiado silenciosa aún y son ambas, sumadas, las que conforman dicha condición humana. Precisamente la necesitada de esa revisión integral de la que también hablábamos; de esa ITV, en el sentido de re-orientación hacia nuestra propia verdad, para desde ahí trazar líneas de auténtica transformación. Una transformación que, por supuesto tendrá que traducirse en lo político y lo económico, lo social y lo cultural, pero no desde la mera administración de aptitudes y talentos, en el fondo la trampa en la que como sistema de vida hemos sucumbido, sino desde la puesta a punto de aptitudes y talentos según el criterio teleológico de unas actitudes y talantes. Reconozcámoslo y hagamos un ejercicio de autocrítica, a todos los niveles: socialmente hemos prescindido a dar sentido a nuestra infinitud de posibilidades, pero claro: ¿de qué nos ha servido estar hartos de todo, si estamos llenos de nada?                                                        


De donde, vinculando lo sobrevenido  con lo que son las líneas maestras de nuestro hacernos personas y sociedad, sujetos individuales y colectivos de derechos y deberes, la llamada a descubrir y poner en valor la positividad de la ´contención` y la ´austeridad` como prácticas de contraposición y regulación inteligente y cordial para con uno mismo, la vida y lo diferente de uno: los otros/el Otro.

"Hemos llegado a hacer de nuestro mundo

psíquico, existencial y espiritual

una especie de mercado en expansión”.

De esta forma, así como el albergar y cobijar propios de la contención, decíamos que tendrían que ser ejercicio de cuidado de uno y del otro, de asertividad intra e interpersonal, del mismo modo la frugalidad y la moderación, el realce de lo pequeño y lo sencillo propios de la austeridad deberían entrar a formar parte de nuestra cotidianidad. De hecho, estamos tan acostumbrados a regirnos por criterios mercantiles y de consumo, que hemos llegado a hacer de nuestro mundo psíquico, existencial y espiritual una especie de mercado en expansión. Vivimos en un juego incesante de ofertas y demandas invisibles: impulsos y pura emocionalidad, datos y vínculos algorítmicos, gustos a la carta y satisfacciones autorreferenciales, esteticismo kitsch y adocenamiento mental… Situación que, si entre los llamados millennials asusta dado que es notorio como recorta su capacidad para la autolimitación y la gestión de fracasos y frustraciones, entre las generaciones anteriores no es mucho mejor.

Por eso, tras este intento de comprensión critica de lo que nos acontece para evitar ser arrastrados por los hechos, la insistencia del ´volver a casa`. Volver… que, como resguardo protector, es re-expresión de nuestra necesidad de confianza y seguridad, pero también invitación a poner en funcionamiento nuestras capacidades de libertad y bondad. En otras palabras, que detrás del volver a casa, resuenan unas preguntas: ¿qué vivir deseamos y creemos merecer? ¿Y por qué vivir estamos dispuestos a hacer algo? Volver a casa, a lo importante, a eso que por serlo nos integra y nos reconstituye, frente a todo eso otro que nos atrapa, disgrega y debilita, obviamente no es regresar a un espacio tangible, tampoco a un hacer determinado. Por el contrario, se trata de un retornar al centro abandonado de nosotros mismos, a lo más interior, no como escape, sino como reconocimiento de sí, para salir luego a los otros y las cosas desde otra actitud. El ejemplo del respirar nos lo dibuja como nadie. Siendo la respiración ineludible para el existir, sus movimientos: inspirar - espirar, son elocuentes. Solo inspirar nos mataría, nuestros pulmones no están capacitados para extenderse sin fin, en un punto debemos espirar, soltar.

Es imperioso que, en un punto, en uno de esos momentos inexcusables, como cuando respiramos, comencemos a soltar, a ser austeros, en lo material claro, pero fundamentalmente en todo ese mundo que va más allá… Necesitamos regirnos por un principio inteligente y cordial que nos ayude a limitarnos. Ello no será signo de fracaso y frustración tal como envenenadamente nos han hecho creer el mercado y sus brazos político-culturales, será signo de que la pregunta acerca de nuestra vida y vivir ha encontrado respuestas mejores. Será signo de que queremos seguir viviendo, caminando hacia casa…

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domingo, 7 de junio de 2020

Esperanza y resistencia en tiempos de pandemias (I)


Contención y vuelta a casa.

Varias pandemias nos asolan… y entre incrédulos e indefensos vemos cómo las naturales (Ebola, COVID-19…) no solo tienen la capacidad de producir enfermedad y muerte, sino también la de reactivar otras, menos o nada naturales, pero tan inquietantes como sus parientas. Por caso, mientras por aquí nos debatimos entre ´el a cuanto peor mejor` de unos y ´las luces cortas` de otros, tras los mares, ´la ley y el orden` de Trump emulando a Nixon pretenden enlodar el reclamo de las víctimas a simplemente vivir. ¿Qué pandemias son estas? ¿De qué fatalidad o anomalía proceden? Menos mal que entre las fichas de este domino viral, algunas de ellas son discretamente esperanzadoras, con lo cual: ´no todo está perdido`. 

“Volver a casa, a nosotros mismos,
 desde lo que la contención y la austeridad nos dicen”.

Y precisamente con este ´no todo está perdido`, con este evidentemente más deseo de supervivencia que certeza de plenitud, es que hemos venido planteando la necesidad de recuperar, para el ´ahora` y el ´después` del Coronavirus, unas esperanza y resistencia que realmente nos devuelvan, al modo de ´luces largas` en el camino, a la posibilidad de un vivir más humano. A un vivir que como ´vuelta a casa`, nos recoloque de modo permanente y genuino frente a lo que la ´contención` y la ´austeridad` (sea que las vivamos como obligación, necesidad o libre convicción) han comenzado a obrar desde que cuarentenas, confinamientos y desescaladas se han generalizado. Al respecto, decíamos que cuando se encendieron las alarmas, fue necesario ´parar` y ´guardar`: ´¡CONTENCIÓN! `. Y lo más desafiante, hubo que volver a lo ´pequeño` y lo ´sencillo`, a lo repetitivo de lo cotidiano y poco brillante: ´¡AUSTERIDAD!`.

Y agregábamos… que aun siendo legítimas nuestras indignación y desafección frente a lo que vemos -y probablemente seguiremos viendo- en escena, resulta urgente que como sociedad despertemos, que pongamos en observación todos nuestros niveles de expectativas y realización. Ello porque la COVID-19 no solo ha venido a decirnos que todos nuestros sistemas de gestión necesitan revisión, una ITV integral, sino que nosotros mismos, nuestra condición humana demanda ponerse a punto: reorientarse frente a su propia verdad y desde ahí, trazar líneas de transformación. Un empeño por volver de donde incauta o conscientemente salimos. Un empeño donde la ´contención` que alberga, refugia y cobija puede decir y hacer mucho tanto a nivel intra como interpersonal.

Prescindiendo de la material, toda otra contención, en particular la emocional y la intelectual (ambas inseparables, aunque suela
hablarse solo de la emocional) buscan o persiguen una cierta tranquilidad, una suficiente afinación entre mente y corazón. La necesaria como para reconquistar la confianza que un determinado hecho o circunstancia ha afectado o minado.

“Contención, como empatía
 y escucha activa de nosotros mismos”.

A nivel interpersonal es fácil determinar los mecanismos que la capacidad en cuestión exige poner en práctica: la ´actitud empática` y su irrenunciable derivada, la ´escucha activa`. Caras de una misma moneda que casi siempre vinculamos a la relación con otro; ello en el sentido de comprender su mundo de emociones, razones y acciones como presupuesto para que empoderadamente gestione lo que le concierne. Se trata por tanto de una actitud opuesta a la asimilación emocional y la solución inmediata, a la eficacia y consuelo de la simpatía, productos más de nuestras ansiedad y visión de las cosas, que de lo que el otro plantea, necesita y eventualmente puede.

Ahora bien, sí ya este ejercicio de escucha cordial, no de mera audición y resolución según lo bueno o adecuado de nuestros sentimientos y convicciones, es difícil de vivir frente a los demás, pensémoslo frente a nosotros mismos. En efecto, cuando el objeto de esas necesarias empatía y escucha activa soy yo, todo suele saltar por los aires. De hecho, con harta frecuencia no sabemos conectar ni con nuestra emocionalidad ni con nuestra racionalidad. Y tanto es así, que lo que nos acontece puede llegar a cobrar tal poder, que de lo único que somos capaces es de una respuesta ansiosa: o agresiva o remisiva.

“Contención en tanto relación equilibrada.
 Ni fustigación, ni auto-condescendencia”.

Hablamos, en definitiva, de un ejercicio de asertividad hacia el interior de nosotros mismos, no solo hacia la exterioridad interpersonal en cuanto mecanismo resolutivo de conflictos (tal como suele presentarse a dicha asertividad desde ciertos reduccionismos de lo emocional). El conflicto y la inseguridad, la incerteza y la duda no solo guardan relación con lo que acontece o nos llega de fuera, por el contrario, muchas veces el impacto que ejercen sobre nosotros, tiene su razón última en las raíces y capacidades -o en su falta e inadecuación- del equipamiento psicológico, existencial y espiritual que podamos tener, es decir, en la calidad de aquello que interiormente tengamos reconocido, comprendido y aceptado.

No miramos a la contención estoico-cristiana de la no manifestación de las pasiones, tampoco a la burgueso-puritana del solo expresar racionalidad y corrección moral. Pero mucho menos miramos a esa otra contención pseudo espiritual que hoy vende por doquier el mercado del bienestar. La contención a recuperar exige no renunciar a nuestra propia y más profunda verdad: la de seres finitos que solo pueden calmar su sed de infinitud en la relación con los otros/Otro. Por tanto, se trata de un contenernos en la verdad más radical de nuestra condición humana, para no caer en las trampas ni de la fustigación de otros tiempos, ni de la auto-condescendencia individualista y hedonista de moda.

Se trata de comprendernos y desde ahí actuar en orden a la propia transformación. Seguramente una transformación difícil, y hasta poco pretenciosa según se mire, pero seguramente también, la más honesta y posible. ¿Por qué? Pues por ser, aunque pequeña y frágil, auténticamente nuestra. 

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